domingo, 6 de mayo de 2012

TE VEÍA AL PASAR POR ALLÍ
¡Qué sólo estabas, lirio blanco,
 blanco lirio, qué sólo estabas!,
aprisionado, dentro de  la hendidura del muro,
de la historia un olvido y de los libros.
El muro que, envejecido y ya muerto,
sufría los embates de sus olas,
quiso que allí nacieras, lirio blanco,
blanco y azul o azul y blanco;
brillante lirio, turquesa inasequible,
de belleza lleno y olvido exuberante.
No estabas al alcance de las manos,
sólo a la vista estabas, tan sólo para que te vieran mis ojos.
Te veía al pasar por allí;
se me ensanchaba el alma por tu belleza tan insólita.
Descubrí que la inmensa soledad,
la soledad del alma, no puede ser baldía en su belleza,
pero, ¿puede estar sola el alma,
aunque a su alrededor esté la soledad, el silencio,
lo íntimo consigo mismo, como tú, lirio del muro?
Y descubrí que incluso el muro viejo,
puede dar vida entre sus grietas
en los surcos ya rotos de su tiempo.
El hombre se hace viejo, es verdad, viejo,
y es sombra de algún árbol, extendido y fuerte.
El hombre viejo, ya piedra, ya rama, ya hoja,
con la seguridad infinita de lago acumulado,
sin límite de espacio ni final del horizonte,
es un barco que zarpa con su rumbo por siempre desconocido.
Día a día, golpe a golpe, como dijo el poeta,
¡cuánta felicidad que no recuerda!
¡Cómo gozar si muerto está el pasado!
…¡y qué es la felicidad!, sino el saberse vivo,
el saberse útil, el ser espejo del alma que tiene,
el ocupar un sitio, el único, el de nadie:
¡Ser sombra del ancho árbol!,
como el ya viejo muro, como el lirio inmortal
que estaba allí, tan blanco y azul, o azul y blanco,
que allí estaba.

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